.......... El hombre se pierde, se desorienta en sus vericuetos de laberinto, se olvida incluso de que es inteligente cuando se encuentra cara a cara con la sierra.Quizá por eso la haya abandonado sin discutirnos el derecho a habitarla. Por eso también, desgraciadamente, procura vencerla y dominarla descuajando sus lomas, recortando sus manchones, convirtiendo en páramos pelados sus laderas. ....... La sierra es nuestra aunque ellos en los libros gordos donde anotan sus cosas se distribuyen artificialmente la propiedad del suelo. Tan nuestra, que mientras algunos de los que se dicen sus dueños apenas la conocen, nosotros vivimos en ella, comemos de ella, sobre ella dormimos y en ella nacemos. Tan nuestra, que casi somos tierra de su tierra a fuerza de hozar bajo su piel y revolcarnos en sus charcas fangosas.....

Solitario: "La Sierra".

jueves, 10 de abril de 2014

Momentos inolvidables-Temporada re reclamo 2014


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lunes, 19 de noviembre de 2012

Flecha: Una perra para siempre

FLECHA:19.1.200-5.8.2010
En los últimos tiempos se escribe mucho sobre perros de caza, aunque no tanto sobre ejemplares concretos que merecen ser destacados por alguna razón, como no sea porque ganan algún campeonato.  Parece como si un perro de caza fuera una simple herramienta, sobre la que únicamente hay que llamar la atención si tiene una pureza excepcional, cumple unos objetivos reglamentados o es especialmente atractivo estéticamente.
En realidad cada can es un individuo merecedor de ser respetado, apreciado y tomado en consideración como lo que es: un cazador, más o menos eficiente, pero con sentimientos ligados al afecto, la lealtad, la confianza, etc., respecto a su dueño. Creo que se merecen reconocer y valorar determinadas conductas cazadoras en perros de caza, digamos, apreciables y de agradecer.
Desde luego a mi me parece justo e interesante hacerlo, porque mis perros me han proporcionado muchos momentos de felicidad a lo largo de mi andadura cinegética, tan numerosos, tan intensos y tan importantes para mí, que sin ellos no hubiera sido posible obtenerla. Merecen este reconocimiento a su labor.
Supongo que la inmensa mayoría de cazadores con perro recuerdan a aquellos ejemplares que dejaron su huella, por sus cualidades de caza, a lo largo de las incontables jornadas cinegéticas en su compañía. Incluso los habrá que conservan en su curriculum venatorio no escrito las hazañas de varios de estos compañeros de fatigas, con letras de oro, para mayor gloria de su poseedor. No me cabe duda de que esos recuerdos son todos agradables por haber proporcionado lances satisfactorios y entrañables. Todos forman parte de ese historial de cada cazador, unos por sus resultados, otros por sus bondades y otros por sus comportamientos. Sin poder evitarlo, los incorporamos a una especie de ranking mental, en el cual situamos a los mejores perros cazadores en los primeros lugares y así, hacia abajo, terminamos con aquellos que tuvieron más carencias, más dificultades y, por lo tanto, fueron menos efectivos en la caza, pero todos ellos están en nuestra memoria por haber convivido y cazado con nosotros, en casa y en el campo.

Pues bien yo no soy la excepción y, efectivamente, recuerdo a todos los ejemplares que he tenido, que han sido amigos perrunos, socios de cacería o compañeros de mil y un lances de caza, a lo largo de toda mi vida de cazador: Tuna, Tiro, Cartucho, Chico, Jara, Bandido, Pol, Flecha y, ahora, Senda, mi última asociación en pos de piezas de pluma y pelo. Estos han sido por orden cronológico mis compañeros de afición y los llevo a todos en mi memoria. Sin duda este escrito pretende ser un homenaje a todos, a modo de agradecimiento, por los muchos días de felicidad que me han proporcionado a lo largo de mi vida de cazador, como amigos que hemos sido. Esa especial relación y comunicación amistosa que se entabla entre el perro de caza y su dueño, cuando ambos terminan formando esa comunión de intereses que significa cazar juntos. El lenguaje de señas y sonidos que ambos emiten para ser interpretados por el otro, con la última finalidad de entenderse para cazar, en su más amplio sentido del término, supone la clave en virtud de la cual la eficacia cazadora llega a su máxima expresión porque la relación y los lazos entre ambos se estrechan. Conseguir esta coordinación hombre-perro, en la caza, es muy difícil pero se puede y se debe intentar siempre.

Hoy, ahora, cuando mi carrera venatoria está iniciando la tercera edad, quiero recordar a Flecha, braca alemana, de capa negra jaspeada, que reunió todas las cualidades que un cazador espera del can que es su socio cinegético. No fue precisamente, la suya, la época en la que tuve más densidad de caza a mi disposición, ni los mejores cotos, ni la mejor cuadrilla, ni siquiera mi mejor forma física o mi mejor destreza. Ni mucho menos. Esta perra llegó a casa, prácticamente en los años en los que la caza menor empezó su declive importante en nuestros campos -los noventa- y cuando, precisamente, las oportunidades de aprendizaje de la cachorra no fueron las mejores que yo había tenido, ni siquiera cuando más tiempo pude dedicar a su adiestramiento.
La cualidad más destacable de esta perra, sin duda, fue su inteligencia. De cachorra aprendía por días y notabas rápidamente sus progresos a cada salida de caza respecto de la anterior. Comencé a cazarla a los conejos, en el equipo de podencas de un buen amigo y excelente cazador de menor, a propósito y con la finalidad de que aprendiera descifrando las siempre difíciles marrullerías del conejo y despertar así su instinto venatorio, en profundidad y hasta los tuétanos, a base de trabajo y más trabajo, aunque tampoco le hacía falta, como pude comprobar a lo largo de su vida. Este hecho, por el que fui reprendido por algunos de esos que se consideran a sí mismos adiestradores destacados, como un error irreversible, afirmando que la perra, siendo una raza de pluma, ya nunca cazaría las aves a viento, por llevar el hocico en el suelo. Craso error –como les demostré a todos ellos- porque la perra cazaba de rastro y de viento, según era conveniente en cada caso, lugar y momento, sabiendo orientar su nariz alternativa y perfectamente, en función de la pieza que perseguía, fuera de pelo o de pluma, cosa que a pocos perros he visto hacer. Este método que emplee en ella fue determinante en su carrera de perra de caza, en positivo.

La perra evolucionaba, inicialmente, acompañando a las demás perras, observando todo el acontecer de los lances y las jornadas. Lo que, al principio, era pasividad, intentos fallidos y segundo plano, se fue tornando en protagonismo y, cuando consideró que tenía poderío y recursos suficientes, rompió a cazar en solitario con acierto y a tomar su propia iniciativa, liderando, en ocasiones la manada, hasta el punto de que, en su madurez, curiosamente, ya íbamos todos donde Flecha iba y cazábamos donde la perra indicaba. Los hechos demostraron que después de su escuela en “lo sucio” (carrizos, espartales, brozas, retamas y carrascales) cazaba la pluma, igual que el pelo, en todo terreno, con más inteligencia y recursos, desenredando igualmente las tretas del conejo y de la perdiz salvaje, con total desenvoltura y acierto. La perra tenía, además, una afición por la caza insuperable, proveniente de sus genes. Ese tesoro interior garantizaba su ansiedad venatoria, progresiva e inagotable, que tenía por cazar. Tenía esa cualidad, el instinto, la pasión cinegética, en estado puro, que la permitió desarrollar todos sus sentidos en pro de la pieza de caza y en un perfecto equipo con el cazador, a lo que añadía, de su propia forma de ser, el temple -apretando cuando había que ser veloz y escudriñando cuando había que ser lenta-, la fidelidad y la obediencia, como las herramientas más útiles del perro para ser feliz, ella y el cazador, cazando en su compañía. La búsqueda, la muestra, el cobro, no tuve que enseñárselas nunca, salían de aquel animal sin pedírselo, ni inducirla a ello hasta troquelar su acción, como ahora veo en muchísimos perros adiestrados. Nunca supo lo que era un collar de adiestramiento, ni tampoco hubiera tolerado colocarle uno a semejante joya, amén de no necesitarlo.

No puedo decir que fue la mejor en todo, de entre todos los que he tenido, porque sería irreal e injusto con los demás perros que la precedieron -la mayoría con excelentes rendimientos en una o varias de las fases del proceso venatorio de la caza con perro- pero, desde luego, sin ser la mejor en nada, si lo fue en el conjunto, en la eficacia cazadora, sin dudarlo. Destacaría a Tiro por su instinto cazador y resistencia; a Cartucho por sus vientos excepcionales; a Pol por su rastreo, carácter y afición; a Bandido por su bondad y valentía, etc.etc., pero Flecha tuvo un poco, lo suficiente, de todas y cada una de esas cualidades, permitiendo que sus resultados, en relación con la disponibilidad de caza de su época, hayan sido superiores. Sin duda alguna ha pasado a formar parte de la leyenda entre los cazadores que la conocieron y fueron testigos de su completa competencia cazadora y su calidad indiscutible. Todos la recordamos como lo que fue una perra de caza excelente y una compañera de jornadas cinegéticas insuperable.

Nunca podré olvidar cacerías como las veinticuatro perdices del Marquesito -que cobramos la cuadrilla- cinco de ellas a muestra de la perra, en los perdidos, tras aquellas manos agotadoras por los llanos; las seis mías de la Cuesta del Buque; las cinco de la Travesía; las guías, muestras cobros y perchas en el Carrascal y la cabeza del Gato; en las laderas de los cerros de Espartinas y los Pinos; aquellos otros a los zorzales y palomas, en el olivar de San Martín, los pinos del Espartal y el monte de Colmenar de Oreja; zorzales entre las carrascas de Manzaneque; Los conejos que mostró y cobró entre los espartales, en el Prado, entre las retamas del arroyo de la Cárcava ; en los pinos y arroyos del Romeral; los cobros al rastro de liebres plomeadas; las codornices de Burgos; Las tórtolas del Pantano; aquellos días de Montiel, entre las encinas. Tantas y tantas jornadas de superación, aprendizaje y alegrías, tras la caza. No sé quien enseñó a quién al bien cazar, si yo a la perra o la perra a mí, la verdad sea dicha que éramos un buen equipo. Ahora, pasado el tiempo, me doy cuenta de ello, al recordar aquellas miradas de comprensión, de perdón, tras mi fallo, a su postura. Inolvidable su afecto y el respeto –si, digo bien- que nos profesamos mutuamente durante toda su existencia.

Por fin, hoy descansa en su cazadero favorito, bajo el nido de torcaces, a la sombra de un gran pino, rodeada de tomillos y espartos, escuchando en su descanso, en el silencio del alba, a lo lejos, el canto de reclamo del macho de perdiz encaramado en un risquillo, que decide entonar así el merecido homenaje a la caza y a los perros cazadores que he tenido, representados, todos ellos, por esta magnífica e irrepetible perra de caza. Ella demostró que, en realidad,  son la lealtad y la fidelidad las virtudes que más nos acercan hacia la felicidad, entre compañeros cazadores.

Nunca podré olvidar la imagen de Flecha, exultante de alegría, orgullosa, triunfante, totalmente feliz, regresando hacia nosotros, portando el majestuoso perdigacho de seis garrones, abatido por mi hija, tras una muestra infinita, en las Carrascas de la Casa-Luis, aquella mañana del mes de Noviembre. El tiempo se paró con aquel lance y aquel instante quedó grabado en mi memoria, para siempre.

Murió serena, con la dignidad que siempre tuvo, sin haber manifestado su dolor ni una sola vez, sin rechistar ante su destino, sabiendo que todos la quisimos como uno más en la familia y siempre le agradeceremos su trabajo como perra de caza.




Va por ti, FLECHA, mi fiel compañera, con mi cariño y mi recuerdo imborrable. Espero nuestro reencuentro, para lo que siempre hicimos: cazar juntos, con respeto mutuo, armonía y amistad; así, de esa forma y porque nunca quisimos hacerlo de otra manera

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miércoles, 16 de marzo de 2011

Retorno a La Jara

La Jara, sábado 5 de Febrero de 2011.

Con el poco celo que tiene el campo, solo la enorme afición a esta caza del reclamo de perdiz explica que el perdigonero o cuquillero insista, como estrategia irrenunciable, en encontrar el lugar idóneo para dar el puesto y así lograr disfrutar de su pájaro, sea en el momento en que éste entabla el combate preceptivo, por mandato de su estirpe, con el aguerrido macho campero, sea en su caso para camelar, en plácida y amorosa conquista, a la ansiada perdiz casi siempre recelosa y esquiva.

Esta temporada de cuco, la del 2011,- otra mas- esta resultando complicada y todo apunta a que va a figurar en la estadística personal como de un celo malo, mas que nada porque apenas le hay. Las hembras cantan, pero no se mueven; los machos se mueven, pero no cantan y solo dan la cara fugazmente para reintegrarse enseguida a lo mas espeso del monte y desaparecen en unos segundos ante la decepción, incomprensible (o no) para nuestro fiel socio enjaulado. La consecuencia indiscutible es que, si normalmente debemos atesorar grandes dosis de paciencia, en esta caza, medida en enormes dimensiones, este viaje necesitamos, además, resignación a raudales. No esta el campo para puestos ni reclamos.

Como refería al principio, se repite, una y otra vez, ese ritual imprescindible de la búsqueda de ese rincón mágico, por soñado, donde ubicar el puesto, la plaza y el postero. Nada fácil esta tarea en la mayoría de las ocasiones, cuando de traerse camperas salvajes se trata, por su carácter esquivo y bravo a rebosar; mucho menos, si nos encontramos en un jaral casi impenetrable, de esos tan característicos de la comarca de La Jara toledana, en plenos montes, donde corzos, venaos y cochinos imponen su ley y su presencia en todo el territorio. Frecuente es divisarlos desde el puesto de reclamo en sus careos de retiro en la mañana o finalizando la tarde, entre dos luces.


En múltiples ocasiones el fracaso repentino e imprevisto de estos puestos de sierra sobreviene, precisamente, por culpa de una mala ubicación, habiendo celo, con que si encima no lo hay -como en la ocasión que relato- o es incipiente, todavía peor. Todo se pone en contra del perdigonero y de su reclamo. Toda la ventaja, en estos casos, es para las camperas.
Estamos en la segunda semana de este celo -la autoridad competente (?) nos ha adelantado una semana el periodo del reclamo y esto no es nada bueno; mejor dicho, es una faena-, pero eso es otro tema que, casi mejor para no encenderme trataré en otra oportunidad, esta vez el relato es de disfrute. Llevo ya catorce puestos dados en mi haber sin, apenas, haber sentido el campo y mucho menos haber conseguido un solo encuentro entre este y la jaula, existiendo, -como se que hay- perdices en número suficiente en todo el coto. El silencio y la quietud son la nota dominante solo alterada por una climatología adversa predominante, de frío y viento, que viene a dificultar mas todavía esta práctica cuquillera, por lo que, como dice un buen amigo, lo suyo es quedarse en el cortijo y dedicarse a la charla y a echar lumbre.

Ha habido puestos donde diríase que no hay perdices en kilómetros, pero ciertamente estar, están. Se las ve cruzar los caminos y veredas, perdiéndose entre las jaras, apenas sin dar la cara, sin levantar el vuelo y, desde luego, sin abrir el pico, que es lo nos interesa, a efectos de nuestro deleite cuquillero. Rechazan hacer caso a nada ni a nadie, aun siendo uno de sus congéneres - la jaula-, mientras su reloj interior no marque el inicio de las hostilidades; y eso nadie sabe cuando se va a producir.

Este coto, en el que me encuentro, es una preciosidad: grandes manchas de jaras, salpicadas de encinas y chaparras, surcadas, como un auténtico laberinto, por las trochas de las reses. Terreno llano en su mayor parte, con ondulaciones y pequeños barranquillos con trampales, antiguas cercas, majadas y otras construcciones en ruinas, casi encerradas entre tanta maraña y apenas sobresaliendo entre ella, intentando, al menos, hacernos pensar que todavía existen en pié, correspondientes a otras épocas donde todo ese terreno se labraba. Ahora es monte. El agua domina en esta época, todas las depresiones, apareciendo arroyetes y veneros como el cristal, flanqueados por un brillante pasto verde en sus orillas que provocan bienestar en aquel que tiene la suerte de surcar semejante jardín natural. La pureza y pujanza de la vida, en todo su esplendor, de semejantes entornos, viene a ser coronada por multitud de pájarillos que invaden este edén natural, que regatean por las matas, se detienen ante ti -como si de un amable vecino se tratase-, pían aquí y allá y prosiguen su aleteo indefinido, pero completamente inducido por el devenir natural. Maravilloso.
En resumen, se trata de un lugar para disfrutar de lo salvaje y del reclamo de perdiz, plenamente sumergido en esos montes de Toledo, últimos reductos de la roja verdadera en la provincia.

Pues en estas reflexiones estaba mientras buscaba donde colocarme, senda arriba, trocha abajo, cuando, diviso un regato y observo que hay unos clarillos de pasto en cada una de sus curvas en descenso hacia el río principal. Ideal para el puesto de sol, deduciendo que la patirroja andará picoteando en esos someros pastizales en busca de insectos y brotes verdes. De hecho, detecto canturrear a una pajarilla a lo lejos, dando señal de su presencia al otro lado del cauce fluvial en la umbría impenetrable de enfrente. Pues allá vamos con los achiperres, pájaro a la espalda, en busca del escenario propicio y la ilusión pertinente.
Una vez mas son muchas las vueltas que hay quedar hasta decidir el sitio. Reconozco que yo soy muy riguroso en esto de elegir lugar, porque la breve experiencia me ha enseñado que, en mucho, de la ubicación depende el éxito o el fracaso del puesto de reclamo. Que si los veinte pasos reglamentarios; que si hay que estar metido en el monte rodeado de jaras, procurando cubrir el puesto para que las camperas no te detecten; que si no debe haber risco o piedras agarradas en la plaza, etc. etc......¡pero ¿donde esta la plaza?!. Efectivamente, no hay forma de colocar al pájaro con un mínimo de ortodoxia y seguridad para él contra los rebotes y que halla un pequeño clarillo, sin obstáculos ni alteraciones, que haga las veces de tal sitio con mínima amplitud y visibilidad. No hay manera, esto esta sucio, no hay quien avance. Por fin doy con la ubicación: el pájaro a un lado del regato que vengo siguiendo, en un pequeño pastizal y yo al otro, enfrente. No hay mas opciones. Es ahí o en ninguna parte.
Procedo a los arreglos pertinentes del puesto y del tanganillo con el material de monte de la zona -básicamente de jara- y cuelgo al pájaro, a Parlillo, reclamo ya veterano, de al menos seis celos conmigo -pues es algarín-, que anda un poco bajo del mismo, pero que ofrece todas las garantías de un trabajo, al menos, decente y satisfactorio, al principio de temporada, esté como este el campo. Su currículum de otros celos le avala en este y otros sentidos. Un reclamo de los que se reservan para las ocasiones difíciles y esta temporada de cuco, al principio, esta resultando imposible, como ya dije.

Efectivamente, destapado y, al instante, tras enterarse de la escena y echar un vistazo al entorno, la jaula sale con un reclamo suave y progresivo, templado, sereno y retador, como siempre. El campo esta frío, no hay respuesta y la cosa tiene toda la pinta de ser imprescindible un trabajo de alto nivel. Tras varios intentos y largos silencios provocados de la jaula contesta una hembrilla en la solana, ladera arriba, a la espalda del aguardo. Como siempre mi pájaro se va con ella sin dejarla ni un momento de llamar y encandilar, con suaves cuchicheos y pitillas, para que no se distraiga ni un momento, ni el macho del campo se interponga. Esto de atosigar a las hembras lo hace muy bien mi perdigón. Pero no va a ser fácil, la hembra ni se mueve del lugar que ocupa, muy distante del puesto -unos cuatrocientos metros, tal vez mas-y silencia sus canturreos y jacarillas por momentos, como si no fuera con ella.
Llevo mas de media hora sin sentir nada. La jaula no para de emitir sus reclamos, cuchicheos y piñones, suaves e intermitentes, con espaciosos silencios entre medias. De repente, sin esperarlo, tras un nuevo parón de mi compañero, percibo el agradable y deseado ....pichooooo, pichoooo... que se descuelga de la sierra y se viene hacia la plaza por mi espalda, sintiendo perfecta y claramente el zumbido del batir de alas perdiceras y aterrizaje en las proximidades del puesto. No puedo precisar si se trata de la hembra sola o del supuesto par porque el macho campero no ha abierto el pico durante casi una hora ya de puesto. Son las 11,00 h. y se me sale el corazón ante lo inminente. Son esos momentos donde esbozas una leve sonrisa en señal de que tu pájaro ha conseguido cumplir a la perfección con su tarea. La parte de atracción del campo estaba hecha, ahora la jaula tenía que conseguir su entrada en plaza.
No puedo entender cómo ésta pájara se ha corrido, de esa forma, con tan poco diálogo con su nuevo pretendiente. Parece como si se hubieran dicho todo entre los dos, por lo bajini y, especialmente ella, en pensamientos. Luego sabré el porqué de esta conducta. Lo cierto es que siento el .....gut, gut,.... cerca del puesto, en la espesura, varias veces y Parli no para de recibir emocionado, mirando de frente a esta, mi orilla del arroyo, mas a la izquierda. De repente veo la cabecilla de la hembra entre el pasto verde de la orilla, ya al otro lado, dirigiéndose hacia la jaula a toda velocidad y, rebasando la exigua plaza, de largo. En un momento se sitúa tras el tanto. Apenas puedo distinguir su silueta entre la broza. Ya sabía yo que la dificultad mayor iba a ser que el campo se descubriera y asomara a la plaza, contando con la ventaja de disponer de semejante laberinto de ramaje, risquillos, piedras y pasto para ocultarse. Así era. Melosamente recibe el pájaro de la jaula, apenas perceptibles sus titeos. En esto que, de improviso, aparece en escena un machaco campero impresionante, que, hasta entonces, no había denotado su presencia, de callada. Este granuja era el que impedía a la perdiz manifestar su aceptación ante el canto embaucador de mi reclamo, cortando su iniciativa de acudir. Viene fuerte, aguerrido y rifándose contra mi pájaro, tratando de impedir que su hembra claudique y de perderla. Parece que lo consigue y, ambos, desaparecen por la izquierda en un instante. Al rato, la perdiz vuelve a llamar a la jaula desde lejos, casi en el río, pero para entonces ya había sido conquistada y, al responder ésta, regresa de inmediato junto a su nuevo pretendiente, que la recibe, si cabe, con mas pausa, pasión y embelesado. Ya no puedo demorar mas la situación y procedo a abatirla, bajo palos, poniendo fin a este amorío pasajero pero vibrante. Allí queda inmóvil, a sus pies la zalamera y Parlillo se queda al humo de inmediato, saliendo a continuación, buscando al macho. Desde luego, el ahora viudo, llama a su hembra varias veces, retando, ahora si, a su contrincante, con fuertes cuchicheos y sonoros piñones. Ahora si parece tener celo, el muy bribón, ahora si tiene que dar la cara y defenderse. Se atalaya en un risco unos instantes, que no hacen sino encenderle un poco mas y provocando su entrada como un rayo hacia la jaula, que le espera. Viene franco, derecho, a la pelea cuerpo a cuerpo, pasando junto a su hembra ya abatida, si reparar en ella ni un instante; encendido da una vuelta completa al tanganillo cayendo, sin mas, bajo el recibo del nuevo rey del arroyo entrejarales. Es mediodía, suena el triunfo del reclamo en todo el valle.

Hay puestos donde no es precisamente la duración o intensidad de la música, sea de pelea o de conquista, lo destacable, lo que debemos apreciar y valorar es la habilidad del pájaro de la jaula para hacerse notar y rendir a las camperas a sus pies con sus silencios, provocaciones y regaños, diciendo cuatro cosillas, pero las justas y correspondientes a la altura de unos congéneres, ante todo, salvajes. Esto es propio y conveniente en pájaros ya hechos, con experiencia y recursos -esos ejemplares de los que todos estamos orgullosos cuando forman parte de nuestro jaulero- y, desde luego, necesario cuando el campo esta todavía frío, tiene poco celo o se enfrentan a esa pequeña representación de la auténtica perdiz que queda, acosada por todos sus flancos, que puebla todavía nuestros montes, antes vírgenes, ahora impenetrables. Encontrar esa perdiz es difícil, detectarla por sus cantos mas que improbable y hacerla entrar en el puesto mucho mas, pero esto es el reclamo de perdiz en toda su esencia, razón por la cual he querido anotar este puesto en mis apuntes, en honor de ese reclamo que poseo y que describo, al ser con este ya muchos los días de felicidad que me ha proporcionado, coincidiendo además con mi regreso, tras decadas de ausencia, a esta comarca de La Jara.

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