.......... El hombre se pierde, se desorienta en sus vericuetos de laberinto, se olvida incluso de que es inteligente cuando se encuentra cara a cara con la sierra.Quizá por eso la haya abandonado sin discutirnos el derecho a habitarla. Por eso también, desgraciadamente, procura vencerla y dominarla descuajando sus lomas, recortando sus manchones, convirtiendo en páramos pelados sus laderas. ....... La sierra es nuestra aunque ellos en los libros gordos donde anotan sus cosas se distribuyen artificialmente la propiedad del suelo. Tan nuestra, que mientras algunos de los que se dicen sus dueños apenas la conocen, nosotros vivimos en ella, comemos de ella, sobre ella dormimos y en ella nacemos. Tan nuestra, que casi somos tierra de su tierra a fuerza de hozar bajo su piel y revolcarnos en sus charcas fangosas.....

Solitario: "La Sierra".

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Nuevo fichaje 2017

Un joven, promesa de la cantera. Va por el buen camino.

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jueves, 10 de abril de 2014

lunes, 19 de noviembre de 2012

Flecha: Una perra para siempre

FLECHA:19.1.200-5.8.2010
En los últimos tiempos se escribe mucho sobre perros de caza, aunque no tanto sobre ejemplares concretos que merecen ser destacados por alguna razón, como no sea porque ganan algún campeonato.  Parece como si un perro de caza fuera una simple herramienta, sobre la que únicamente hay que llamar la atención si tiene una pureza excepcional, cumple unos objetivos reglamentados o es especialmente atractivo estéticamente.
En realidad cada can es un individuo merecedor de ser respetado, apreciado y tomado en consideración como lo que es: un cazador, más o menos eficiente, pero con sentimientos ligados al afecto, la lealtad, la confianza, etc., respecto a su dueño. Creo que se merecen reconocer y valorar determinadas conductas cazadoras en perros de caza, digamos, apreciables y de agradecer.
Desde luego a mi me parece justo e interesante hacerlo, porque mis perros me han proporcionado muchos momentos de felicidad a lo largo de mi andadura cinegética, tan numerosos, tan intensos y tan importantes para mí, que sin ellos no hubiera sido posible obtenerla. Merecen este reconocimiento a su labor.
Supongo que la inmensa mayoría de cazadores con perro recuerdan a aquellos ejemplares que dejaron su huella, por sus cualidades de caza, a lo largo de las incontables jornadas cinegéticas en su compañía. Incluso los habrá que conservan en su curriculum venatorio no escrito las hazañas de varios de estos compañeros de fatigas, con letras de oro, para mayor gloria de su poseedor. No me cabe duda de que esos recuerdos son todos agradables por haber proporcionado lances satisfactorios y entrañables. Todos forman parte de ese historial de cada cazador, unos por sus resultados, otros por sus bondades y otros por sus comportamientos. Sin poder evitarlo, los incorporamos a una especie de ranking mental, en el cual situamos a los mejores perros cazadores en los primeros lugares y así, hacia abajo, terminamos con aquellos que tuvieron más carencias, más dificultades y, por lo tanto, fueron menos efectivos en la caza, pero todos ellos están en nuestra memoria por haber convivido y cazado con nosotros, en casa y en el campo.

Pues bien yo no soy la excepción y, efectivamente, recuerdo a todos los ejemplares que he tenido, que han sido amigos perrunos, socios de cacería o compañeros de mil y un lances de caza, a lo largo de toda mi vida de cazador: Tuna, Tiro, Cartucho, Chico, Jara, Bandido, Pol, Flecha y, ahora, Senda, mi última asociación en pos de piezas de pluma y pelo. Estos han sido por orden cronológico mis compañeros de afición y los llevo a todos en mi memoria. Sin duda este escrito pretende ser un homenaje a todos, a modo de agradecimiento, por los muchos días de felicidad que me han proporcionado a lo largo de mi vida de cazador, como amigos que hemos sido. Esa especial relación y comunicación amistosa que se entabla entre el perro de caza y su dueño, cuando ambos terminan formando esa comunión de intereses que significa cazar juntos. El lenguaje de señas y sonidos que ambos emiten para ser interpretados por el otro, con la última finalidad de entenderse para cazar, en su más amplio sentido del término, supone la clave en virtud de la cual la eficacia cazadora llega a su máxima expresión porque la relación y los lazos entre ambos se estrechan. Conseguir esta coordinación hombre-perro, en la caza, es muy difícil pero se puede y se debe intentar siempre.

Hoy, ahora, cuando mi carrera venatoria está iniciando la tercera edad, quiero recordar a Flecha, braca alemana, de capa negra jaspeada, que reunió todas las cualidades que un cazador espera del can que es su socio cinegético. No fue precisamente, la suya, la época en la que tuve más densidad de caza a mi disposición, ni los mejores cotos, ni la mejor cuadrilla, ni siquiera mi mejor forma física o mi mejor destreza. Ni mucho menos. Esta perra llegó a casa, prácticamente en los años en los que la caza menor empezó su declive importante en nuestros campos -los noventa- y cuando, precisamente, las oportunidades de aprendizaje de la cachorra no fueron las mejores que yo había tenido, ni siquiera cuando más tiempo pude dedicar a su adiestramiento.
La cualidad más destacable de esta perra, sin duda, fue su inteligencia. De cachorra aprendía por días y notabas rápidamente sus progresos a cada salida de caza respecto de la anterior. Comencé a cazarla a los conejos, en el equipo de podencas de un buen amigo y excelente cazador de menor, a propósito y con la finalidad de que aprendiera descifrando las siempre difíciles marrullerías del conejo y despertar así su instinto venatorio, en profundidad y hasta los tuétanos, a base de trabajo y más trabajo, aunque tampoco le hacía falta, como pude comprobar a lo largo de su vida. Este hecho, por el que fui reprendido por algunos de esos que se consideran a sí mismos adiestradores destacados, como un error irreversible, afirmando que la perra, siendo una raza de pluma, ya nunca cazaría las aves a viento, por llevar el hocico en el suelo. Craso error –como les demostré a todos ellos- porque la perra cazaba de rastro y de viento, según era conveniente en cada caso, lugar y momento, sabiendo orientar su nariz alternativa y perfectamente, en función de la pieza que perseguía, fuera de pelo o de pluma, cosa que a pocos perros he visto hacer. Este método que emplee en ella fue determinante en su carrera de perra de caza, en positivo.

La perra evolucionaba, inicialmente, acompañando a las demás perras, observando todo el acontecer de los lances y las jornadas. Lo que, al principio, era pasividad, intentos fallidos y segundo plano, se fue tornando en protagonismo y, cuando consideró que tenía poderío y recursos suficientes, rompió a cazar en solitario con acierto y a tomar su propia iniciativa, liderando, en ocasiones la manada, hasta el punto de que, en su madurez, curiosamente, ya íbamos todos donde Flecha iba y cazábamos donde la perra indicaba. Los hechos demostraron que después de su escuela en “lo sucio” (carrizos, espartales, brozas, retamas y carrascales) cazaba la pluma, igual que el pelo, en todo terreno, con más inteligencia y recursos, desenredando igualmente las tretas del conejo y de la perdiz salvaje, con total desenvoltura y acierto. La perra tenía, además, una afición por la caza insuperable, proveniente de sus genes. Ese tesoro interior garantizaba su ansiedad venatoria, progresiva e inagotable, que tenía por cazar. Tenía esa cualidad, el instinto, la pasión cinegética, en estado puro, que la permitió desarrollar todos sus sentidos en pro de la pieza de caza y en un perfecto equipo con el cazador, a lo que añadía, de su propia forma de ser, el temple -apretando cuando había que ser veloz y escudriñando cuando había que ser lenta-, la fidelidad y la obediencia, como las herramientas más útiles del perro para ser feliz, ella y el cazador, cazando en su compañía. La búsqueda, la muestra, el cobro, no tuve que enseñárselas nunca, salían de aquel animal sin pedírselo, ni inducirla a ello hasta troquelar su acción, como ahora veo en muchísimos perros adiestrados. Nunca supo lo que era un collar de adiestramiento, ni tampoco hubiera tolerado colocarle uno a semejante joya, amén de no necesitarlo.

No puedo decir que fue la mejor en todo, de entre todos los que he tenido, porque sería irreal e injusto con los demás perros que la precedieron -la mayoría con excelentes rendimientos en una o varias de las fases del proceso venatorio de la caza con perro- pero, desde luego, sin ser la mejor en nada, si lo fue en el conjunto, en la eficacia cazadora, sin dudarlo. Destacaría a Tiro por su instinto cazador y resistencia; a Cartucho por sus vientos excepcionales; a Pol por su rastreo, carácter y afición; a Bandido por su bondad y valentía, etc.etc., pero Flecha tuvo un poco, lo suficiente, de todas y cada una de esas cualidades, permitiendo que sus resultados, en relación con la disponibilidad de caza de su época, hayan sido superiores. Sin duda alguna ha pasado a formar parte de la leyenda entre los cazadores que la conocieron y fueron testigos de su completa competencia cazadora y su calidad indiscutible. Todos la recordamos como lo que fue una perra de caza excelente y una compañera de jornadas cinegéticas insuperable.

Nunca podré olvidar cacerías como las veinticuatro perdices del Marquesito -que cobramos la cuadrilla- cinco de ellas a muestra de la perra, en los perdidos, tras aquellas manos agotadoras por los llanos; las seis mías de la Cuesta del Buque; las cinco de la Travesía; las guías, muestras cobros y perchas en el Carrascal y la cabeza del Gato; en las laderas de los cerros de Espartinas y los Pinos; aquellos otros a los zorzales y palomas, en el olivar de San Martín, los pinos del Espartal y el monte de Colmenar de Oreja; zorzales entre las carrascas de Manzaneque; Los conejos que mostró y cobró entre los espartales, en el Prado, entre las retamas del arroyo de la Cárcava ; en los pinos y arroyos del Romeral; los cobros al rastro de liebres plomeadas; las codornices de Burgos; Las tórtolas del Pantano; aquellos días de Montiel, entre las encinas. Tantas y tantas jornadas de superación, aprendizaje y alegrías, tras la caza. No sé quien enseñó a quién al bien cazar, si yo a la perra o la perra a mí, la verdad sea dicha que éramos un buen equipo. Ahora, pasado el tiempo, me doy cuenta de ello, al recordar aquellas miradas de comprensión, de perdón, tras mi fallo, a su postura. Inolvidable su afecto y el respeto –si, digo bien- que nos profesamos mutuamente durante toda su existencia.

Por fin, hoy descansa en su cazadero favorito, bajo el nido de torcaces, a la sombra de un gran pino, rodeada de tomillos y espartos, escuchando en su descanso, en el silencio del alba, a lo lejos, el canto de reclamo del macho de perdiz encaramado en un risquillo, que decide entonar así el merecido homenaje a la caza y a los perros cazadores que he tenido, representados, todos ellos, por esta magnífica e irrepetible perra de caza. Ella demostró que, en realidad,  son la lealtad y la fidelidad las virtudes que más nos acercan hacia la felicidad, entre compañeros cazadores.

Nunca podré olvidar la imagen de Flecha, exultante de alegría, orgullosa, triunfante, totalmente feliz, regresando hacia nosotros, portando el majestuoso perdigacho de seis garrones, abatido por mi hija, tras una muestra infinita, en las Carrascas de la Casa-Luis, aquella mañana del mes de Noviembre. El tiempo se paró con aquel lance y aquel instante quedó grabado en mi memoria, para siempre.

Murió serena, con la dignidad que siempre tuvo, sin haber manifestado su dolor ni una sola vez, sin rechistar ante su destino, sabiendo que todos la quisimos como uno más en la familia y siempre le agradeceremos su trabajo como perra de caza.




Va por ti, FLECHA, mi fiel compañera, con mi cariño y mi recuerdo imborrable. Espero nuestro reencuentro, para lo que siempre hicimos: cazar juntos, con respeto mutuo, armonía y amistad; así, de esa forma y porque nunca quisimos hacerlo de otra manera

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