.......... El hombre se pierde, se desorienta en sus vericuetos de laberinto, se olvida incluso de que es inteligente cuando se encuentra cara a cara con la sierra.Quizá por eso la haya abandonado sin discutirnos el derecho a habitarla. Por eso también, desgraciadamente, procura vencerla y dominarla descuajando sus lomas, recortando sus manchones, convirtiendo en páramos pelados sus laderas. ....... La sierra es nuestra aunque ellos en los libros gordos donde anotan sus cosas se distribuyen artificialmente la propiedad del suelo. Tan nuestra, que mientras algunos de los que se dicen sus dueños apenas la conocen, nosotros vivimos en ella, comemos de ella, sobre ella dormimos y en ella nacemos. Tan nuestra, que casi somos tierra de su tierra a fuerza de hozar bajo su piel y revolcarnos en sus charcas fangosas.....

Solitario: "La Sierra".

miércoles, 16 de marzo de 2011

Retorno a La Jara

La Jara, sábado 5 de Febrero de 2011.

Con el poco celo que tiene el campo, solo la enorme afición a esta caza del reclamo de perdiz explica que el perdigonero o cuquillero insista, como estrategia irrenunciable, en encontrar el lugar idóneo para dar el puesto y así lograr disfrutar de su pájaro, sea en el momento en que éste entabla el combate preceptivo, por mandato de su estirpe, con el aguerrido macho campero, sea en su caso para camelar, en plácida y amorosa conquista, a la ansiada perdiz casi siempre recelosa y esquiva.

Esta temporada de cuco, la del 2011,- otra mas- esta resultando complicada y todo apunta a que va a figurar en la estadística personal como de un celo malo, mas que nada porque apenas le hay. Las hembras cantan, pero no se mueven; los machos se mueven, pero no cantan y solo dan la cara fugazmente para reintegrarse enseguida a lo mas espeso del monte y desaparecen en unos segundos ante la decepción, incomprensible (o no) para nuestro fiel socio enjaulado. La consecuencia indiscutible es que, si normalmente debemos atesorar grandes dosis de paciencia, en esta caza, medida en enormes dimensiones, este viaje necesitamos, además, resignación a raudales. No esta el campo para puestos ni reclamos.

Como refería al principio, se repite, una y otra vez, ese ritual imprescindible de la búsqueda de ese rincón mágico, por soñado, donde ubicar el puesto, la plaza y el postero. Nada fácil esta tarea en la mayoría de las ocasiones, cuando de traerse camperas salvajes se trata, por su carácter esquivo y bravo a rebosar; mucho menos, si nos encontramos en un jaral casi impenetrable, de esos tan característicos de la comarca de La Jara toledana, en plenos montes, donde corzos, venaos y cochinos imponen su ley y su presencia en todo el territorio. Frecuente es divisarlos desde el puesto de reclamo en sus careos de retiro en la mañana o finalizando la tarde, entre dos luces.


En múltiples ocasiones el fracaso repentino e imprevisto de estos puestos de sierra sobreviene, precisamente, por culpa de una mala ubicación, habiendo celo, con que si encima no lo hay -como en la ocasión que relato- o es incipiente, todavía peor. Todo se pone en contra del perdigonero y de su reclamo. Toda la ventaja, en estos casos, es para las camperas.
Estamos en la segunda semana de este celo -la autoridad competente (?) nos ha adelantado una semana el periodo del reclamo y esto no es nada bueno; mejor dicho, es una faena-, pero eso es otro tema que, casi mejor para no encenderme trataré en otra oportunidad, esta vez el relato es de disfrute. Llevo ya catorce puestos dados en mi haber sin, apenas, haber sentido el campo y mucho menos haber conseguido un solo encuentro entre este y la jaula, existiendo, -como se que hay- perdices en número suficiente en todo el coto. El silencio y la quietud son la nota dominante solo alterada por una climatología adversa predominante, de frío y viento, que viene a dificultar mas todavía esta práctica cuquillera, por lo que, como dice un buen amigo, lo suyo es quedarse en el cortijo y dedicarse a la charla y a echar lumbre.

Ha habido puestos donde diríase que no hay perdices en kilómetros, pero ciertamente estar, están. Se las ve cruzar los caminos y veredas, perdiéndose entre las jaras, apenas sin dar la cara, sin levantar el vuelo y, desde luego, sin abrir el pico, que es lo nos interesa, a efectos de nuestro deleite cuquillero. Rechazan hacer caso a nada ni a nadie, aun siendo uno de sus congéneres - la jaula-, mientras su reloj interior no marque el inicio de las hostilidades; y eso nadie sabe cuando se va a producir.

Este coto, en el que me encuentro, es una preciosidad: grandes manchas de jaras, salpicadas de encinas y chaparras, surcadas, como un auténtico laberinto, por las trochas de las reses. Terreno llano en su mayor parte, con ondulaciones y pequeños barranquillos con trampales, antiguas cercas, majadas y otras construcciones en ruinas, casi encerradas entre tanta maraña y apenas sobresaliendo entre ella, intentando, al menos, hacernos pensar que todavía existen en pié, correspondientes a otras épocas donde todo ese terreno se labraba. Ahora es monte. El agua domina en esta época, todas las depresiones, apareciendo arroyetes y veneros como el cristal, flanqueados por un brillante pasto verde en sus orillas que provocan bienestar en aquel que tiene la suerte de surcar semejante jardín natural. La pureza y pujanza de la vida, en todo su esplendor, de semejantes entornos, viene a ser coronada por multitud de pájarillos que invaden este edén natural, que regatean por las matas, se detienen ante ti -como si de un amable vecino se tratase-, pían aquí y allá y prosiguen su aleteo indefinido, pero completamente inducido por el devenir natural. Maravilloso.
En resumen, se trata de un lugar para disfrutar de lo salvaje y del reclamo de perdiz, plenamente sumergido en esos montes de Toledo, últimos reductos de la roja verdadera en la provincia.

Pues en estas reflexiones estaba mientras buscaba donde colocarme, senda arriba, trocha abajo, cuando, diviso un regato y observo que hay unos clarillos de pasto en cada una de sus curvas en descenso hacia el río principal. Ideal para el puesto de sol, deduciendo que la patirroja andará picoteando en esos someros pastizales en busca de insectos y brotes verdes. De hecho, detecto canturrear a una pajarilla a lo lejos, dando señal de su presencia al otro lado del cauce fluvial en la umbría impenetrable de enfrente. Pues allá vamos con los achiperres, pájaro a la espalda, en busca del escenario propicio y la ilusión pertinente.
Una vez mas son muchas las vueltas que hay quedar hasta decidir el sitio. Reconozco que yo soy muy riguroso en esto de elegir lugar, porque la breve experiencia me ha enseñado que, en mucho, de la ubicación depende el éxito o el fracaso del puesto de reclamo. Que si los veinte pasos reglamentarios; que si hay que estar metido en el monte rodeado de jaras, procurando cubrir el puesto para que las camperas no te detecten; que si no debe haber risco o piedras agarradas en la plaza, etc. etc......¡pero ¿donde esta la plaza?!. Efectivamente, no hay forma de colocar al pájaro con un mínimo de ortodoxia y seguridad para él contra los rebotes y que halla un pequeño clarillo, sin obstáculos ni alteraciones, que haga las veces de tal sitio con mínima amplitud y visibilidad. No hay manera, esto esta sucio, no hay quien avance. Por fin doy con la ubicación: el pájaro a un lado del regato que vengo siguiendo, en un pequeño pastizal y yo al otro, enfrente. No hay mas opciones. Es ahí o en ninguna parte.
Procedo a los arreglos pertinentes del puesto y del tanganillo con el material de monte de la zona -básicamente de jara- y cuelgo al pájaro, a Parlillo, reclamo ya veterano, de al menos seis celos conmigo -pues es algarín-, que anda un poco bajo del mismo, pero que ofrece todas las garantías de un trabajo, al menos, decente y satisfactorio, al principio de temporada, esté como este el campo. Su currículum de otros celos le avala en este y otros sentidos. Un reclamo de los que se reservan para las ocasiones difíciles y esta temporada de cuco, al principio, esta resultando imposible, como ya dije.

Efectivamente, destapado y, al instante, tras enterarse de la escena y echar un vistazo al entorno, la jaula sale con un reclamo suave y progresivo, templado, sereno y retador, como siempre. El campo esta frío, no hay respuesta y la cosa tiene toda la pinta de ser imprescindible un trabajo de alto nivel. Tras varios intentos y largos silencios provocados de la jaula contesta una hembrilla en la solana, ladera arriba, a la espalda del aguardo. Como siempre mi pájaro se va con ella sin dejarla ni un momento de llamar y encandilar, con suaves cuchicheos y pitillas, para que no se distraiga ni un momento, ni el macho del campo se interponga. Esto de atosigar a las hembras lo hace muy bien mi perdigón. Pero no va a ser fácil, la hembra ni se mueve del lugar que ocupa, muy distante del puesto -unos cuatrocientos metros, tal vez mas-y silencia sus canturreos y jacarillas por momentos, como si no fuera con ella.
Llevo mas de media hora sin sentir nada. La jaula no para de emitir sus reclamos, cuchicheos y piñones, suaves e intermitentes, con espaciosos silencios entre medias. De repente, sin esperarlo, tras un nuevo parón de mi compañero, percibo el agradable y deseado ....pichooooo, pichoooo... que se descuelga de la sierra y se viene hacia la plaza por mi espalda, sintiendo perfecta y claramente el zumbido del batir de alas perdiceras y aterrizaje en las proximidades del puesto. No puedo precisar si se trata de la hembra sola o del supuesto par porque el macho campero no ha abierto el pico durante casi una hora ya de puesto. Son las 11,00 h. y se me sale el corazón ante lo inminente. Son esos momentos donde esbozas una leve sonrisa en señal de que tu pájaro ha conseguido cumplir a la perfección con su tarea. La parte de atracción del campo estaba hecha, ahora la jaula tenía que conseguir su entrada en plaza.
No puedo entender cómo ésta pájara se ha corrido, de esa forma, con tan poco diálogo con su nuevo pretendiente. Parece como si se hubieran dicho todo entre los dos, por lo bajini y, especialmente ella, en pensamientos. Luego sabré el porqué de esta conducta. Lo cierto es que siento el .....gut, gut,.... cerca del puesto, en la espesura, varias veces y Parli no para de recibir emocionado, mirando de frente a esta, mi orilla del arroyo, mas a la izquierda. De repente veo la cabecilla de la hembra entre el pasto verde de la orilla, ya al otro lado, dirigiéndose hacia la jaula a toda velocidad y, rebasando la exigua plaza, de largo. En un momento se sitúa tras el tanto. Apenas puedo distinguir su silueta entre la broza. Ya sabía yo que la dificultad mayor iba a ser que el campo se descubriera y asomara a la plaza, contando con la ventaja de disponer de semejante laberinto de ramaje, risquillos, piedras y pasto para ocultarse. Así era. Melosamente recibe el pájaro de la jaula, apenas perceptibles sus titeos. En esto que, de improviso, aparece en escena un machaco campero impresionante, que, hasta entonces, no había denotado su presencia, de callada. Este granuja era el que impedía a la perdiz manifestar su aceptación ante el canto embaucador de mi reclamo, cortando su iniciativa de acudir. Viene fuerte, aguerrido y rifándose contra mi pájaro, tratando de impedir que su hembra claudique y de perderla. Parece que lo consigue y, ambos, desaparecen por la izquierda en un instante. Al rato, la perdiz vuelve a llamar a la jaula desde lejos, casi en el río, pero para entonces ya había sido conquistada y, al responder ésta, regresa de inmediato junto a su nuevo pretendiente, que la recibe, si cabe, con mas pausa, pasión y embelesado. Ya no puedo demorar mas la situación y procedo a abatirla, bajo palos, poniendo fin a este amorío pasajero pero vibrante. Allí queda inmóvil, a sus pies la zalamera y Parlillo se queda al humo de inmediato, saliendo a continuación, buscando al macho. Desde luego, el ahora viudo, llama a su hembra varias veces, retando, ahora si, a su contrincante, con fuertes cuchicheos y sonoros piñones. Ahora si parece tener celo, el muy bribón, ahora si tiene que dar la cara y defenderse. Se atalaya en un risco unos instantes, que no hacen sino encenderle un poco mas y provocando su entrada como un rayo hacia la jaula, que le espera. Viene franco, derecho, a la pelea cuerpo a cuerpo, pasando junto a su hembra ya abatida, si reparar en ella ni un instante; encendido da una vuelta completa al tanganillo cayendo, sin mas, bajo el recibo del nuevo rey del arroyo entrejarales. Es mediodía, suena el triunfo del reclamo en todo el valle.

Hay puestos donde no es precisamente la duración o intensidad de la música, sea de pelea o de conquista, lo destacable, lo que debemos apreciar y valorar es la habilidad del pájaro de la jaula para hacerse notar y rendir a las camperas a sus pies con sus silencios, provocaciones y regaños, diciendo cuatro cosillas, pero las justas y correspondientes a la altura de unos congéneres, ante todo, salvajes. Esto es propio y conveniente en pájaros ya hechos, con experiencia y recursos -esos ejemplares de los que todos estamos orgullosos cuando forman parte de nuestro jaulero- y, desde luego, necesario cuando el campo esta todavía frío, tiene poco celo o se enfrentan a esa pequeña representación de la auténtica perdiz que queda, acosada por todos sus flancos, que puebla todavía nuestros montes, antes vírgenes, ahora impenetrables. Encontrar esa perdiz es difícil, detectarla por sus cantos mas que improbable y hacerla entrar en el puesto mucho mas, pero esto es el reclamo de perdiz en toda su esencia, razón por la cual he querido anotar este puesto en mis apuntes, en honor de ese reclamo que poseo y que describo, al ser con este ya muchos los días de felicidad que me ha proporcionado, coincidiendo además con mi regreso, tras decadas de ausencia, a esta comarca de La Jara.

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jueves, 29 de abril de 2010

Volvamos a ennoblecer la Caza

Empiezo por señalar que no voy a desarrollar ningún tratado acerca de cómo caza el cuerpo de la nobleza, ni esto es un intento de animar a que la caza moderna vuelva a manos exclusivas de los miembros de tales castas de alta alcurnia, como cabría deducir de una lectura somera del título de esta reflexión. Nada más lejos de mi idea. Mas bien lo que pretendo es buscar el adjetivo mas adecuado por honorable, a aquello que significa cazar cumpliendo con la caza, noblemente, en el sentido que da la Academia en su acepción de apreciable, estimable, contrario a lo deshonrado y mezquino, que tanto prolifera en torno a esta, nuestra querida afición cinegética, en nuestros días. Para ello me dirijo a cualquier clase de cazador que se precie, pero especialmente a quienes cazamos a pie, a nivel del suelo, no en las alturas, lugar donde ya se sabe que uno es noble porque lo dice un papel y basta. El resto de los mortales nos tenemos que ganar ese adjetivo a base de buenos actos. Nos hace mucha falta que la caza popular sea noble, contrariamente a lo que se ha convertido y debemos recuperar esa consideración social que en su momento tuvo.

Cuando se cazaba para comer no cabía buscar justificación alguna ni distinción entre tipos de proteínas o método para obtenerlas, según fuera el abatido un animal u otro; macho, hembra o cría; dormido o despierta; en primavera o duro invierno. Para el hombre cazador se trataba de seguir viviendo. Querer criticar o justificar aquella caza primitiva es un desatino y una pérdida de visión o enfoque porque respondía a lo esencial del ser humano predador, pero, en este breve viaje temporal que planteo, analizar su causalidad me sirve de punto de partida para iniciar esta reflexión. Sencillamente, entonces se cazaba y punto, que no era poco, sin proceder debate alguno que llevarse a la sesera.

Mucho mas tarde, cuando cazar se convirtió en distracción para los ricos y reyes, estos, precisamente para elevar su derecho a la práctica venatoria sobre la andrajosa plebe, algo furtivilla por cierto, se inventaron el concepto de deportividad -entendido como juego limpio con la pieza-, que les sirvió para legitimar éticamente sus cacerías y perpetuar la exclusividad, dándose cuenta de que, lo que se inicio como coartada o excusa, en realidad, proporcionaba el placer adicional de lo bien hecho. Esa idea culmina favorablemente en los tiempos de los grandes escritores cinegéticos que todos conocemos y que narraban sus cacerías y salidas cinegéticas como algo positivo, satisfactorio, motivo de orgullo y hasta épico, admirado por el resto de los ciudadanos no cazadores. Lamentablemente, cuando ya todos pudimos cazar y el ocio se extendió a las demás capas sociales, este concepto de juego limpio se difumina y da paso al de competitividad, que se popularizó posteriormente, como suele ocurrir cuando algo se masifica, porque siempre hay quién ha de ser superior a todos en algo, tan propio del ser humano, en nuestro caso el que mas y mejor caza para, en aras de la competición, terminar siendo el que mas mata de todos. Esto de la deportividad en la caza perdura hasta nuestros días como justificación y cierto intento de mimetizar algunas de nuestras vergüenzas, frente a la sociedad no cazadora. Sin embargo, como la mentira tiene poco recorrido, eso de caza-deporte ha terminando siendo un anacronismo a todas luces, muy lejos del juego limpio que buscaban nuestros padres cazadores antiguos, cuando de aplicarlo a la actual caza comercial se trata, barrido y superado, todo ello de un plumazo, en su valoración moral, por el ecologismo urbanita emergente, que ejerce el desprecio mas radical contra esa caza, deportiva –y por extensión contra cualquier otra- aunque halla entre nosotros quien se empeñe en seguir con ese discurso deportista, promotor del ejercicio corporal competitivo sobre animales cazables, que nadie cree ni sirve como justificación de la caza, sencillamente porque es falso.

Superado por la actual sociedad mercantilista -donde solo sobrevive lo que tiene un valor económico- ese deporte cinegético es lo primero que se somete al juicio y a las reglas implacables del mercado, sirviendo ahora solo para llenar bolsillos, campeonato a campeonato, temporada a temporada…. “y dejémonos de gaitas éticas”, que diría un fabricante de gallinos de granja, listos para ser ajusticiados en el ojeo del domingo, o en la popular suelta a “mata cuelga”, tras meterse muchos euros en la buchaca, a cambio de semejante jolgorio de cartón piedra, eso si, muy “deportivo”. Este batiburrillo conceptual y de justificaciones, en un somero recorrido causal y temporal como el que acabo de hacer, es a lo que la caza ha llegado, pero a muchos cazadores no nos gusta nada, es mas nos avergüenza y repugna por carecer de dignidad y motivación esencial.

Se abre paso, como una auténtica necesidad para el cazador moderno, dar a nuestra afición, la caza, un valor humano indiscutible, -blindado por conseguir ser apreciable socialmente- lejos de tanta farfolla deportiva y comercial, carente de causa justa. Muchos, herederos de la antigua idea del juego limpio y apenas unos cuantos románticos mas, cazamos con reglas venatorias (modalidades y tradiciones) que imponen el respeto a la pieza de caza y, además, nos hacernos responsables de la gestión de supervivencia de estas especies de caza, mediante nuestra implicación personal en su propia existencia. Nuestra idea es que, ahora, seguimos cazando por el placer o por la distracción que nos proporciona la búsqueda de nuestro papel esencial de predador dentro de la Naturaleza, del cual cada vez nos vemos mas empujados a alejarnos, en esta sociedad industrial de masificación irreversible, si, pero tenemos clara nuestra nueva frontera, a la que debemos tender, como un intento de retorno o de rescate de lo que somos cuando cazamos, pero con reglas y responsabilidades. En definitiva queremos seguir cazando, desde luego, pero noblemente, habiendo cumplido antes con la caza.

Ese derecho esencial a poder cazar, que nos pertenece como especie, sin distinción de épocas ni de clases, permite a los cazadores evitar tener que justificarnos ante nadie, pero, si queremos cazar con compromiso y responsabilidad, no debemos ni podemos librarnos de buscar y encontrar esa causa o motivo de cazar, única y exclusivamente, ante nosotros mismos, sin mirar a nadie mas. Sigue siendo necesario. Esta inquietud, afortunadamente, la despejamos en el hecho y en la forma de abatir las piezas de caza, cazando limpiamente, además de pasar por la firma tácita de un contrato vital no escrito de respeto hacia la especie cinegética y con sus ciclos. Todo ello, como afirmo, permite llegar a ennoblecer la práctica de la caza por su forma de entenderla y de llevarla a cabo.

Hoy en día la artificialidad ha invadido la caza por todas partes y la ha transformado en meras acciones previsibles de dar muerte a animales en movimiento. Viendo que esa caza artificial, basada en el mercantilismo, no se despega, es mas se oculta, adherida y detrás del verdadero concepto de cazar, confundiéndose hasta en la denominación, a los cazadores no nos queda otro remedio que la reivindicación de nuestro compromiso con ella, que es, precisamente, lo que no existe en la simple muerte ocasional de un animal que vale mucha pasta. Así que, si queremos mantener esto que llamamos caza como algo digno, debemos hacerlo noblemente.

Cumplir con la caza significa hallar esta tranquilidad espiritual que buscamos ante el animal abatido, tras el lance, pero solo y cuando le hemos cazado previamente. Ese debe ser nuestro compromiso contractual individual y colectivo, huyendo de matar por matar, por deporte o por negocio, como se viene haciendo últimamente. Desarrollar, en consecuencia, el principio que ya definió Ortega y Gasset acerca de cazar como "Matar por haber cazado", que decía el recordado e ilustre pensador.



La caza noble, con el resultado de la muerte de ese animal llamado pieza de caza, precisamente por serlo, viene precedida y avalada por dos hechos: por un lado, el deber del ritual de haber cazado y, por otro, el previo compromiso de responsabilidad del cazador sobre su supervivencia como especie cinegética, debidamente aceptado y asumido como propio.



Haber cazado es un proceso y protocolo sucesivo de acciones que puede, o no, casar con el ejercicio físico; que puede, o no, ser valorado económicamente, pero siempre esta acotado, definido, es complejo y esta inexcusablemente escrito en la historia de la caza, en sus distintas modalidades, a base de acumulación de aprendizajes, experiencias y saberes transmitidos entre generaciones. No puede ser alterado, ese proceso, porque responde a las exigencias de comportamiento de cada pieza en concreto -de todas y de cada una- que son consecuencia de su propia evolución natural. Por lo tanto, las modalidades y formas de cazar, digna y noblemente, solo se deben modificar respondiendo en paralelo a los propios cambios evolutivos de la especie y de su entorno, no a razones de conveniencia puntual, técnicas o de beneficio económico. Ese es el compromiso vital y el orden de prioridades que permite matar por haber cazado de una forma noble, predefinida y avalada por la historia de la caza.

Si buscamos convertir el cazar en algo sencillo, rápido, simple, fácil y cómodo es decir, únicamente, en matar, tal pretensión se aleja de la propia justificación que busca el verdadero cazador en si mismo. No encuentra placer ni justificación en esa muerte aquel cazador que teniendo protagonismo en la consumada superación de la pieza, una vez abatida, no la ha cazado con dificultad, con reglas, con compromiso, cumpliendo, en suma, con ella.

Matar cómodamente, sin destreza, sin práctica ritual y tradicional venatoria, con desproporción de medios técnicos sobre el animal, limitando sus querencias, sus espacios, sus recursos, sus defensas. Todo ello no es caza, es matar sin finalidad esencial y por el placer de hacerlo para aquellos que se conforman con esa simple pretensión irresponsable. En esa pseudocaza no existe respeto ni contrato vital alguno con la pieza y nada tiene que ver con lo nuestro.

Resumiendo, matar por placer, sin más cláusulas, supone ser cómplice de poner en valor, exclusivamente, la muerte del animal, al servicio de quien pague o cobre por hacerlo. La caza no es esto, ni a eso debemos llamarle caza. Cercones, gallinos, masificación y repetición de cacerías, descastes por mala gestión, artificialidad en busca de la matanza perfecta, fácil y sin límites, pero siempre tasada, solo merecen el desprecio y el rechazo del cazador y la exigencia imperdonable, ahora si, de justificación social para los partícipes de todo ello, aunque se quieran llamar cazadores, sin serlo. Yo también estoy en contra de esa "muerte". Por el contrario cazar exige el respeto a la pieza, a reglas y métodos, para ofrecerle una opción a salvar su vida en el lance; a su derecho a pervivir y mantenerse en el campo; obliga a asegurar a la especie su futuro como pieza de caza, velando, ayudando y garantizando sus procesos vitales y los lugares de caza; manteniendo la máxima autenticidad y naturalidad, entendida como conservación. Nadie va a ocuparse de dignificar la caza, salvo el auténtico cazador. Estamos llamados a ser los únicos y últimos responsables de ese contrato vital leal e inexcusable, si queremos seguir cazando, pero ahora, de nuevo, noblemente.

Si los cazadores nos proponemos día a día, paso a paso, esta nueva frontera de nobleza en nuestra práctica venatoria, dará igual que se afirme que la caza es un negocio, un deporte o una hazaña personal, dejemos ese debate. La caza, entonces, será noble, el cazador también y eso nos prestigiará en su práctica, ante nosotros mismos, que no es poco, en tiempos de crisis total, especialmente de valores humanistas muchos de ellos, por cierto, propios de cazadores desde siempre.

(Dedicado a Juan Miguel Sanchez Roig por defender tenazmente los valores de la caza noble y del cazador comprometido)

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sábado, 13 de marzo de 2010

Calibres pequeños: Un pacto ético con la caza menor

Esta tarde, mientras andaba trasteando en el blog, -porque hace un frío del carajo, como para no menearse de casa- recibo una llamada telefónica de mi amigo Matías, el mas veterano de mi cuadrilla de caza menor:

-¡Que mañana sábado tenemos que ir a dar una batida a las zorras, con los perros. Me ha dicho el guarda que en varios días ha visto a tres, de ellas, meterse en el carrizo, así que hay que darlas caña, sin mas trámite. Échate perdigón zorrero. No vayas con la del 20, eh!
-¡Joé, macho que la vieja paralela del 12 no aguanta esos cartuchazos de 36 gramos que tu gastas para esas tunantas. Además hace mucho tiempo que no tiro con ella. Que no, que no; que me llevo la del 16, con el perdigón mas gordo que tenga y Santas Pascuas. Que se persignen las zorras!.
-Vale, Allá tu!


Cuelgo y me detengo a repasar la decisión tomada. Concluyo, al momento y una vez mas que, mas vale tirar con cargas y calibres chicos -a los que ya estoy acostumbrado para toda la caza menor- que confiar en ese "peazo misil" que me propone mi amigo, por mucha capacidad y contundencia que tenga. Es mi criterio, que vengo manteniendo hace ya algunos años, empleando escopetas de calibres inferiores al 12, con cargas de plomo ligeras. Todo lo cual me lleva a seguir reflexionando sobre este particular para su empleo en la caza menor. Tema controvertido donde los halla, -frecuente en los debates de la cuadrilla a la hora de las bromas y de los fallos- porque la elección y empleo de escopeta, calibre y carga de plomos se suele mirar, por parte del común de los cazadores, con el visor de la obsesiva búsqueda, sin límites, de una mayor posibilidad de abatir la pieza, dejando a un lado otras consideraciones. De ellas me declaro fiel devoto, a contrapelo y en minoría, lo reconozco, pero de las que no pienso abdicar. Hay varias que habría que analizar y tener en cuenta. Por lo tanto, manos a la obra con este tema. Ahí van estas líneas.

Me centro, en esta ocasión, en las armas, calibres y cargas de escopeta y con destino a las piezas menores porque, a mi entender, en la caza mayor los rifles, los calibres, las cargas y las puntas se emplean con criterios de proporcionalidad al animal que se pretende cazar, buscando la eficacia pero también el respeto al animal y equilibrio en el lance. Es decir, nadie se plantea tirar corzos con un express del 416 Rigby; ni búfalos con un 243, por ejemplo, lo cual no quiere decir que no se puedan cazar con esto, por supuesto que si, pero es absurdo, además de contraproducente, existiendo las opciones mas adecuadas, equilibradas y proporcionadas de uso generalizado.
Sin embargo en la caza menor persiste la idea de que, cuanto mas plomo y mas lejos, mejor, sea cual fuere el animal disparado -desde el zorzal hasta la liebre- De ahí nacen los excesos, los falsos progresos y las barbaridades vigentes que se ven por nuestros campos. En una palabra, no existen límites en la adecuación de la escopeta y el cartucho. Se tiende al exceso, a pasarse por "arriba" para facilitar el lance y su repetición exitosa.Como si hasta hoy nadie hubiera cazado piezas menores con los viejos calibres pequeños, los 16, 20, 28, etc...Parece que los antiguos eran tontos. Pues va a ser que no.

Con lo deportistas (?) que somos todos los cazadores y la cantidad de vanidades que acumulamos, presumiendo de ética, conservación y juego limpio, a voces y a manos llenas, pero, a la hora de la verdad, en el instante clave de la venatoria -que es el lance de caza- no ahorramos en medios, modernidades y tecnología para abatir la pieza. Cuanto mas fácil sea y menor destreza requiera, mejor. Luego ya, culminada la acción de la muerte del animal con éxito, seguimos con las lecciones morales, los golpes de pecho, lo de dar ventaja a la pieza y bla, bla, bla... Pues no, señores, menos boquilla y mas coherencia.



Hay que tirar con aquello que dé, no menor, sino mayor oportunidad a la pieza que pretendemos abatir; con un mínimo, no un máximo, de posibilidades ciertas de ser abatida. Es decir, herramientas con límites, adecuadas y proporcionadas al animal que cazamos, que garanticen un abate posible pero al que hay que aplicar la máxima destreza requerida por esa escopeta y ese cartucho. Nada de facilidades.

Digo lo de deportistas, porque cuando observo a los participantes en campeonatos de caza menor y demás saraos competitivos locales, regionales, nacionales y mundiales, no aparece ninguno con paralelas o superpuestas, ni con calibres 16, 20, 28, ni con menos de 30 gramos de carga de plomos. Todo lo contrario. Los hay que, además de semiautomáticas de última generación criocromagenizadas, ortopedizadas, aligeradas, titanizadas y todas las "adas"-madrinas- que haga falta; que, además de soltar los tres tiros en un segundo, llevan esos cartuchazos magnum de mas de 50 gramos, con dos estrellas briley's, de 80 metros de alcance letal, por lo menos. A estos superdeportistas (?), si les dejaran un lanzagranadas, palabra que lo usaban sin despeinarse, para ir de tórtolas.....por poner un ejemplo. Todo se andará en busca del arma infalible para el escopetero insaciable, en ese duelo, no con, sino contra la pieza de caza menor, totalmente desigual y previsible, por aniquilamiento cierto. Eso si, todo muy deportivamente, ¡faltaría mas!.
Dicho lo cual, para que vamos a analizar ya el concepto de caza y deporte, investigando los orígenes metafísicos, históricos y etimológicos de ambos términos y su ligazón, para mi, imposible. Me va a dar igual, porque precisamente la única manera de vestir de guapa y dogmatizar esta caza moderna, plagada de tecnología ventajista, por parte de sus seguidores, es acumular semántica deportiva por todas partes, cuando la verdad del comportamiento en el campo, portando el armamento cacero mas avanzado, nos indica todo lo contrario, a voces, aunque queramos estar sordos. Fráncamente ver a semejantes atletas olímpicos -y su legión de devotos inconfesos- con el susodicho super-armamento tras una pobre patirroja desnutrida, me sonroja.
Pero ¡hombre, por Dios! preguntémonos ¿con quien hay que mostrarse deportivo -ético, mas bien- a tope y sin discusión alguna?: Pues con las piezas de caza, naturalmente. El objetivo, de principio a fin, de nuestras cacerías, ese animal que va a ser cazado. Con nadie mas.


Es hacia la pieza de caza a quien hay que darle ventaja y fijar límites en el avance tecnológico de las armas. Barreras que marquen la línea que no debe ser rebasada para, así, dar la mayor oportunidad de escape a ese ser vivo, llamado pieza de caza, que se juega la vida frente a nosotros y nuestros medios para cazar.

Todas las demás consideraciones, tan deportivas ellas, carecen de relevancia a esos efectos éticos, como no sea para llenar las arcas de quien defiende la estructura deportiva y comercial de la caza. Sin embargo, lo paradójico es que esas entidades no proclaman, ni defienden ni persiguen la limitación en las armas y cartuchos en busca de lances proporcionales y proporcionados con la pieza que se persigue, para garantizarla una oportunidad de sobrevivir al lance cinegético. ¿Curioso, no?

Tampoco es que la cosa de los calibres pequeños vaya ligada con el poderío económico del cazador en cuestión, -considerando que esas armas y calibres limitados pudieran ser mas caros, por artesanales y difíciles de fabricar- porque antaño veías paralelas del 16, "atadas con alambre", en manos de muchos pueblerinos, -de aquellos de pana y boina- con unos resultados magníficos y una maestría en el tiro que, para si quisieran muchos de esos competidores, deportistas correcerros. Pero, por otra parte, me consta que cazadores de postín anglosajones tienen como norma y exigencia personal tirar a las patirrojas manchegas en ojeo con una pareja del 20 e incluso con paralelas del calibre 28 entre sus manos, con resultados mas que admirables y tiros de antología. No hay criterio de nivel social o clases, por tanto, a la hora de elegir arma, calibre y carga de plomos.¿Y porque iba a ser de otra manera?. Son escopetas iguales que las del 12, sistemas, principios y mecanismos armeros idénticos, solo que.....con menos fuego y menos plomo. Ese es el auténtico reto deportivo y ese, también, el equilibrio y la proporción con la pieza que perseguimos quienes las usamos. Un verdadero pacto ético con la caza menor.

....y que no me vengan con la excusa esa de que se dejan piezas heridas, al llevar menos plomos, argumentando falta de densidad de la rociada, porque digo yo que, si ves que está fuera de alcance (capacidad) de tu arma o cartucho, no hay porqué disparar a esa pieza y correr el riesgo de herir y no cobrar. Con dejarla ir y no tirar, a la espera de un lance mas adecuado a la limitación de tu armamento, no hay problema de herir caza. Naturalmente, si así actuamos cobraremos menos caza y dispararemos menos tiros, pero es que cazar no es tirar cuantos mas tiros mejor; es otra cosa, digamos, menos olímpica pero mas ética: "That is the question". Para inflarse a pegar tiros por poco dinero estan los campos de tiro, en sus distintas versiones. Abandonemos el "mas lejos, más rápido y mas fuerte" en las escopetas y cartuchos de caza menor.

Que nadie interprete estos criterios como una lucha ideológica contraria hacia el arma moderna fabricada en serie, ni contra la semiautomática. De ninguna manera. Yo mismo soy usuario de una de ellas en calibre 20. Todos podemos elegir lo que queramos llevar entre las manos y que salga por la boca del cañón, pero en vez de tres, podemos llevar dos cartuchos; en vez de 36, 40 o 50 gramos, podemos tirar con 28 o menos. La cuestión es personal, íntima; una consecuencia de la idea de la caza de cada uno y una elección del tipo de cazador al que no le interesa el número sino la calidad del lance y, con él, la suya propia.

Con lo que si tiene mucho que ver, esta actual y machacona carrera armamentística hacia la superescopeta, el maxicartucho y el cojocalibre, propiciada por la industria armera y los estamentos cinegéticos populistas que nos dirigen, es con el afán de que el cazador compita con el de al lado, -a costa de la perdiz, el conejo, el zorzal, etc...- y llene la percha mas y mucho antes, para lo cual el tiro tiene que llegar mas lejos y con mas plomos, llenando así el saco de vanidad hasta los bordes y el bote de la autocomplacencia hasta el tapón. Así la caja registradora también se llena antes, aunque haya que repartir medallas, aplausos y reconocimientos. Esto si que es una enfermedad "antideportiva" inoculada, permitida y alentada, muy lejos de la proporcionalidad ética a la que tiene un derecho natural indiscutible e irrenunciable, a todas luces, la especie cinegética que pretendemos cazar.

Contra esta realidad no podemos luchar frontalmente ni en conjunto, porque sería lo mismo que pretender que el Banco Mundial reparta gratis en Africa tratamientos contra el sida. Impensable. El negocio es el negocio. Así que, en la caza menor, no queda otro remedio que oponerse a esta carrera desde un punto de vista ético y personal.

Si es verdad, según dicen, que la ética en la caza es la que cada uno quiera aplicarse como propia para un ejercicio cinegético digno, pues entonces, cada uno debe actuar según su conciencia, alejándose de la obsesión por la percha, abdicando del caramelo competitivo y medallero, abandonando los escopetones y los misiles tierra-aire contra la caza menor, para, a partir de esa convicción personal e irreversible, batirse en un duelo con la pieza, usando arma y cartucho, esta vez proporcional.


Revisemos nuestra motivación cinegética real, a buen seguro, lejos de todo ese montaje comercial y competitivo que nos meten por los ojos y nos ciega tras el reto de matar más. El cazador ético actual esta mucho mas cerca y muy acorde con el ocio, la naturaleza y la conservación, cuando usa y adopta límites autoimpuestos en los medios de caza. Con este propósito evolutivo nos daremos cuenta de que no es necesario tanto armamento; es bastante con un calibrín decente del 16, dos tirillos, dos choques normalitos y una paralelilla ligera. Conseguiremos llegar a ese pacto ético con la tórtola, la perdiz, la becada, la liebre ....y estaremos mas contentos cuando caiga abatida pero, tal vez mucho mas, cuando se aleje, ganándonos la partida. Convencido estoy, como seguidor efectivo de esta reflexión, de que tras esa experiencia, con el esfuerzo que precisa adaptarse a menos gramos, a tirar donde se debe y no mas allá, a esforzarse mas en centrar el tiro para abatir limpiamente y a jugar con la numeración de plomo, estaremos mas satisfechos de nuestra calidad de cazador y habremos alcanzado una madurez venatoria tan imprescindible como gratificante. Es, además de divertido, un reto apasionante. Superado ese listón nos bajaremos al 20 y hay quien, siguiendo el mismo proceso mental, da un paso mas hacia el 28 con sus 21 grametes. Todo un lujo.

No están los tiempos cinegéticos para carreras técnico-comerciales de armamento. Ni las piezas de caza menor, tampoco.
La ética de cada uno, configurada en ajustar la capacidad de matar o, si se quiere, aumentar la dificultad para hacerlo, ya resulta inaplazable.

Lo importante en la caza es conseguir disfrutar y regresar satisfecho de tener el privilegio de haber jugado un lance equilibrado, entre nuestros recursos, medios y herramientas (escopeta y cartucho) para abatir y el derecho de sobrevivir a él, de la pieza de caza.

Y como dice el fandango, sobre aquella liebre perseguida por los galgos:......¡y si se va, que se vaya!.
Cordialmente.

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